Ángeles en el Callejón
Diana, una joven estudiante cristiana de la universidad, estaba en casa en el verano. Fue a visitar algunos amigos y por quedarse charlando, se le hizo muy tarde, más de lo que había planeado y tuvo que caminar sola a su casa siendo ya de noche.
No tenía miedo porque vivía en una ciudad pequeña y vivía solo unas cuantas manzanas del lugar.
El Equilibrista
El gran equilibrista había tendido una cuerda desde un borde al otro de un acantilado. El se aprestaba a hacer su demostración y la multitud, situada abajo, esperaba ansiosa.
-¿Creen que puedo cruzar al otro lado caminando por la cuerda?- preguntó el artista.
-¡Sí!- contestó la multitud.
El Tenedor
Había una mujer que había sido diagnosticada con una enfermedad incurable y a la que le habían dado sólo tres meses de vida. Así que empezó a poner sus cosas "en orden". Llamó al pastor y lo citó en su casa para discutir algunos aspectos de su última voluntad. Le dijo qué canciones quería que se cantaran en su entierro, qué lecturas hacer y con qué traje deseaba ser enterrada. La mujer también solicitó ser enterrada con su Biblia.
Carta de un Soldado
(Esta carta fue hallada en el campo de batalla dentro del bolsillo de la chaqueta de un soldado; su cuerpo fue encontrado completamente destrozado causado por una granada.)
"Escúchame, Señor, yo nunca he hablado contigo, hoy quiero saludarte. ¿Cómo estás? Tú sabes, siempre me decían que no existías y yo siendo un tonto creí que era verdad.
El Alpinista
Cuentan que un alpinista se preparó durante varios años para conquistar el Aconcagua. Su desesperación por proeza era tal que, conociendo todos los riesgos, inició su travesía sin compañeros, en busca de la gloria sólo para él.
La Roca Sólida
Después de un naufragio en una terrible tempestad, un marino pudo llegar a una pequeña roca y escalarla, y allí permaneció durante muchas horas.
Cuando al fin pudo ser rescatado, un amigo suyo le preguntó:
--¿No temblabas de espanto por estar tantas horas en tan precaria situación, amigo mío?.
Verdaderas Joyas Reales
Algunos príncipes alemanes estaban alabando sus respectivas posesiones. Entre ellos estaba también el piadoso duque Elberard de Vurtemberg, sin decir nada, escuchando cómo todos se jactaban de sus riquezas; uno alaba sus viñedos, otro sus bosques, un tercero sus minas, etcétera. Al cabo de un buen rato se levantó Elberard, y dijo: